Casi Brasil


Curitiba es la ciudad menos brasileña del Brasil que conozco.
Sus calles, sus olores, su gente. Todo es casi brasileño, pero no lo es.


La modernidad y la antigüedad conviven diferenciadamente.
No se mezclan nunca en esa súper ordenada combinación que es Curitiba.


Por un lado el sector colonial. Legisladamente protegido, vivo, bello.
Por otro la ciudad en sí. Esplendorosa, ordenada, casi silenciosa.
La oscuridad no existe, la pobreza no es carne en la piel.
¿Dónde están? Yo sé que están, pero no se los ve.


Ahí creo que se diferencia Curitiba; su gente no mira para abajo.
Su gente busca el horizonte en el cielo y sueña con el primoroso encanto europeo de la refinada sociedad.


Curitiba pretende ser lo mismo que ensaya ser Buenos Aires: el retrato de una imagen formada por nosotros mismos tras comprar tres locas palabras que acaban de bajar de un barco.


Brasil tiene su espíritu y su olor, pero no lo comparte con Curitiba.
En cambio, Curitiba si comparte sus atributos con Brasil.
Curitiba puso todo su estilo en dos símbolos europeos: su oferta cultural y su cuidado por los espacios verdes.


La ciudad no tiene sorpresas, todo puede ser previsto, planificado y garantizado.
Su ordenado y excelente servicio de ómnibus, esos ‘simpáticos gusanitos’, es un buen medio para recorrer la ciudad... Pero hasta en esto Curitiba es simpáticamente aburrida.



Curitiba es así;
todo en su lugar.
Una gran obra de arte.
Un museo viviente.
Un gran centro cultural.
Una biblioteca.
