
Desde que era chico, la sonrisa siempre había sido un elemento más. Pero cuando ella empezó a meterse en su vida, esa exclusiva característica de los seres humanos le caló el alma. Se distribuyó en sus actos y le hizo ver la otra parte. Poco a poco las noches fueron delirios sanos, los días volvieron a ser un juego eterno y el amor pasó a ser algo simple. Entonces su visión fue optimista, el mundo del que se había rodeado era demasiado complicado y así no podía dejar de verlo.

Eso era realmente felicidad. Los problemas ajenos, aquellos que son tan complicadamente simples, le parecían ridículos. Para qué buscaban complicarse la existencia sus pares, si aceptar que ‘sólo somos’ es mejor, y sin dudas más fácil. Una sincera sonrisa en su mente lo acompañaba casi siempre y le permitía jugar a saber. Era una magia lenta, duradera, tan potente que terminaba imponiéndose a todo obstáculo, aún a la terrible falta de comunicación oral.


El feedback que entre ellos existía era completamente indirecto. Extrañamente, sus sensaciones nunca construían un canal directo a sus corazones. Sus sentimientos, pensamientos y emociones siempre rebotaban en algún otro elemento antes de llegar a sí mismos.